Se Nace con Fuerza y la Fuerza Desafía

Se nace con fuerza y la fuerza desafía. Esta frase tiene mucho sentido para mí, porque vengo de una familia humilde compuesta por 6 hermanos y una madre comprometida con sus hijos. No obstante, como en muchas familias, en mis primeros años había mucha pobreza. Eso me obligó a buscar siempre la manera de generar dinero para ayudar en los gastos y, hay cosas que una trae de nacimiento, como mi sensibilidad musical.


Para generar algo de dinero, siendo aún menor de edad hacia fiestas en mi casa con un tocadiscos y unas luces que yo misma encendía y apagaba al movimiento de las canciones, como si se tratara de una discoteca. Cobraba la entrada y con eso ayudaba a mi familia.

Fui a la escuela y terminé mi secundaria. Trabajando para Adaptación Social, en lo que hoy se conoce como Sanatorio Durán decidí, en 1974, abrir una taberna en Guadalupe, muy cerca de la casa que alquilábamos para vivir. Tenía 24 años y le puse Taberna La Avispa, porque tenía parte de mi nombre, Ana Victoria.


Era un lugar pequeño cuyas mesas eran unos barriles y las sillas unos bancos. Aunque inicialmente no tenía previsto que fuera un lugar para las lesbianas y homosexuales, mi orientación así lo definió, pues quienes llegaban al lugar como clientes eran mis amigas y mis amigos. Fue de esa forma que se regó el rumor de que existía un lugar donde las parejas del mismo sexo podían expresar su afecto, sin ser señalados /as y juzgados /as.


Si en el bar había clientes heterosexuales, mis amigas y amigos esperaban a que se fueran para poder manifestarse como eran, así fui teniendo cada día más y más clientes de la comunidad.


Esto me hizo tomar la decisión de renunciar al trabajo que tenía, pues el ingreso primero se igualó y poco a poco fue mejor.


Luego, decidí cambiar de lugar, porque estaba teniendo muchos problemas con los vecinos de Guadalupe por el tipo de clientes que llegaban al bar. Hombres, machistas y homofóbicos llegaban a las puertas de la Taberna para intimidarnos e insultarnos.


Así llegué a La Avispa que muchos conocen hoy. Alquilé primero la propiedad y luego se me ofreció comprarla. Como cualquier ciudadana fui a solicitar un préstamo para comprar la propiedad y luego me propuse cancelarla en el menor tiempo posible. Lo que me permitió también hacerle, cada cierto tiempo, mejoras al lugar.


La Avispa funcionó ahí clandestinamente hasta 1990. Clandestinamente, porque los lugares de ambiente eran constantemente foco de redadas y agresiones por parte de las autoridades policiales. Políticos, iglesias y ciudadanos en general veían a las personas lesbianas y homosexuales, así como a los travestis, como personas enfermas que se debían erradicar.


Muchas veces llegaban a La Avispa y nos metían a las perreras detenidos /as por ir “contra la moral”, según decían. Nos ofendían, nos agredían, cada vez que podían. Sin embargo, seguíamos reuniéndonos.


En La Avispa no se tenía rótulo comercial, las personas de la comunidad sabían del lugar y con tocar el timbre de la puerta, se les aprobaba por una pequeña ventanita y se les abría. Así podían ingresar para disfrutar de una tarde bailable con sus parejas o amigos y amigas. Si eventualmente tocaban la puerta y era la policía, había un apagador de luz que al apagar y encender avisaba a los clientes que la policía estaba en el lugar para que las personas se acomodaran en parejas heterosexuales y procurar el menos daño posible de las autoridades.

Sin embargo, muchas veces nos quebraron mesas, objetos, y agredieron a clientes, incluso fuimos detenidos /os en las perreras policiales y conducidos /as a las delegaciones policiales.


Fue hasta 1990 que La Avispa dejó de ser clandestina, porque la Organización Mundial de la Salud declaró que la homosexualidad no era una enfermedad mental. Ese fue el inicio de una mejor vida para la comunidad LGTBQ.


La gente nos dejó de ver como monstruos y así La Avispa pudo comercialmente ofrecerse como una alternativa de entretenimiento para todo tipo de visitantes, incluidos los heterosexuales, eso sí, nadie podía ofender ni irrespetar a ningún cliente por su preferencia sexual. Si eso ocurría se les exigía retirarse del lugar.


Hemos sido pioneros en la lucha por los derechos de la comunidad, hemos sido epicentro de cada derecho adquirido, hemos sido escenario de muchas alegrías.


Esta consistencia nos permitió ayudar a muchas personas qué, de alguna forma, requirieron becas para participar en encuentros feministas o del colectivo fuera del país, así como otras formas de ayuda a personas que fueron parte de la comunidad y murieron repentinamente.


Colaboramos con el Grupo Lésbico Las Entendidas, la Asociación de Lucha contra el SIDA, Grupo Claroscuro, Colectiva 25 de noviembre, Fundación Cinta Roja, Instituto Latinoamericano de Prevención y Educación ILPES, Colectivo Gay Universitario, Grupo Travestis luchando contra el SIDA, entre muchas otras organizaciones.


Es difícil reseñar en qué hemos podido ayudar, pues son cosas que deben quedar en lo íntimo, pero me complace decir que siempre fui amiga de mis clientes, solidaria y comprometida con las causas justas, con las causas de la igualdad.


También hemos hecho esfuerzos por darle espectáculos internacionales y o de calidad a nuestra comunidad, como la presentación de Gloria Trevi, Maribel Guardia, María Conchita Alonso, Karen Martelo, Debi Nova y Claroscuro, entre otros artistas.


Aún mantengo los ojos abiertos a la espera de que La Avispa, en este sube y baja de la vida, siga siendo el escenario de encuentro de las personas LGTBQ y que la pandemia, por fin ceda y nos permita reencontrarnos. Esa fuerza, innata, me sigue desafiando en aras de un mundo más humano y más igualitario.


Ana Vega es empresaria, dueña de la discoteca La Avispa, con más de 40 años en el negocio. Es también activista por los derechos de la comunidad LGBTQIA+ y feminista.

Podés seguir a Ana y La Avispa en Instagram y Facebook.
Fuente

https://www.circulos333.org/

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